jueves, septiembre 27, 2007

Estuve revisando mis apuntes del viaje a Europa y encontre el primer capitulo de una novela que dudo que termine algun día, pero que siempre está presente. La novela se llama El Arpa y este capitulo fue escrito principalmente en Bilbao.

CAPITULO 1

Eran las siete de la mañana cuando sonó el despertador en casa de José. La pequeña ventana de madera que daba hacia el río Calle-Calle, desprovista de cortina o algo que intentara cumplir una función similar, dejaba entrar los primeros rayos de sol de aquel lunes de verano, un verano como muchos otros, sin variaciones, sin alteraciones de una rutina casi mágica en la que vivía inmerso José. Apagó el tintineo del viejo aparato con suavidad, tratándolo con cariño, dándole a entender que no era ningún inconveniente el hecho de tener que levantarse de la cama a trabajar. A pesar de ser día lunes, el primer día de la semana y que muchas veces rechazamos como tal, se levantó con ánimo y entró cuidadosamente en la tina de baño. Una antigua lesión en su pierna derecha le obligaba a ser precavido en estas labores rutinarias pero necesarias; son parte del contrato social, solía decir José. Al salir de la ducha se miró al espejo por un momento, sin decir ni hacer nada. Pudo ver sus marcadas facciones mapuches deterioradas por el paso del tiempo. Sus ojos; con certeza los mas negros de la ciudad, daban la impresión de una paz interior labrada con mucho trabajo y alcanzada hace no muchos años. A sus 47 años de edad, la vida le parecía un sueño hecho realidad, dedicaba gran parte de su tiempo a lo que mas le gustaba, la luteria, y vivía como siempre quiso vivir; solo y con lo justo y necesario, de la manera más sobria posible.

Despertó de esta autorreflexión para emparejar cuidadosamente su barba blanca y tupida. Comenzó por el bigote, luego repaso las patillas para terminar con la zona de la garganta. Se dispuso a vestirse sin prisa, siguiendo la costumbre de todas las mañanas, primero los calcetines, luego los calzoncillos; a continuación una camiseta sin mangas cubrió su velludo busto. Finalmente el saco gris y los zapatos cafés puestos eran indicio de que estaba listo para partir.

José no acostumbraba desayunar en su casa los días de semana, prefería, por el contrario, hacerlo en el café de Alberto. Amigo de la infancia y gran conocedor de la música popular Alberto abría su café de lunes a lunes a eso de las ocho de la mañana, hora exacta en la que José aparecía en la puerta de madera de la calle Arauco, en el centro de la ciudad. Pero esa mañana no ocurriría así, un hecho fortuito, si podemos aseverar que lo fortuito existe, en caso contrario, deberíamos, quizás llamarlo un hecho sincrónico, evitaría el cotidiano encuentro de los compadres.

El departamento en el cual vivía José, quedaba en la afueras de la ciudad, en el borde del río Calle-Calle. Este consistía en una pequeña cocina, una habitación con un baño y una sala de estar, que era al mismo tiempo, living, comedor, cocina, biblioteca y armario. Allí todo se desparramaba de manera caótica, sin embargo, había un orden implícito en aquel desastre. Para José lo mismo ocurría con las calles de su país, y en general de su continente, eran, en su mayoría, completamente caóticas; pero era en ese caos, era en esa aleatoriedad, donde José encontraba el orden, donde respiraba tranquilo. Quizás por eso rechazo la beca que le ofrecieron en el conservatorio para realizar estudios de luteria en Paris. En ese entonces era José un hombre joven, apuesto, envidiado por muchos de sus compañeros por la facilidad para adaptarse a cualquier instrumento, con una carrera promisoria por delante. Pero el rechazó la oferta, el eligió quedarse en sus tierra y aprender el oficio de lutier en un viejo taller del sur de Chile.

Cuando José se alistaba a salir de su casa, encontró bajo la puerta de entrada, atrapado con un pez entre dos redes, un sobre rojo. Se agachó lentamente, lo miró de cerca y una vez que corroboró que iba dirigido hacia el, sin abrirlo, lo metió en el bolsillo derecho de su saco. Por su mente pasaron rápidamente millones de hipótesis acerca del remitente de la carta, el cual no firmaba más que con un sello de vela azul, que en su inscripción tenía el número 7. La primera hipótesis que barajó José, era que fuera de Rosa, su mujer. Rosa era menor que José lo había abandonado hace más de diez años atrás por un hombre de negocios para irse a vivir a la capital. Era un hombre importante, le dijo a José el día de su partida, un hombre que tenía dinero y que la llevaría a recorrer el mundo. La segunda opción, y quizás la más probable, era que la carta proviniera de su hermano, el cual cada cierto tiempo le escribía para contarle los últimos avances de su empresa y para tratar de convencerlo de que dejara ese trabajo de artesano y se fuera al norte a trabajar con él.

Así siguió José pensando en posibles remitentes para aquella misteriosa carta, mientras sacaba su bicicleta de la cocina y partía rumbo al centro.

1 comentario:

Unknown dijo...
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